Ana Medina.

Ana Medina. Más allá de la mirada autista

“Verdaderamente sientes miedo de que todos se te echenencima al tratarse de un mito como son las vacunas. Pero un hijo es muy importante y te da fuerzas para enfrentarte a todos y hacer valer nuestros derechos. Las vidas arruinadas de ellos y de toda la familia te rebelan y ante todo buscas justicia”, quien así se expresa es Ana Medina, fundadora de la Asociación Vencer el Autismo y Trastornos del Desarrollo (A.V.A.) y madre deljoven Víctor Bermejo Medina, autista tras ser vacunado con preparados que contenían el conservante elaborado de base de mercurio Timerosal. Como tantos niños ese septiembre de 1987, Víctor fue vacunado en las fechas correspondientes de difteria, tétanos, tosferina, polio, sarampión, paperas y rubéola, dentro de los dos primeros años de vida. Ya con las primeras dosis, según los informes médicos firmados por Xavier Uriarte y Joan Mora, presentó ausencia, tristeza y espasmo intestinal. Este fenómeno se repitió siempre después de cada una de las sucesivas vacunaciones que recibió. “El tiempo transcurrido de doce días entre la primera vacunación y la ausencia hace pensar, según los algoritmos de Karch-Lassagna, en una relación causa-efecto definida. Esto quiere decir que hay que considerar las vacunas recibidas dentro de las posibles causas del autismo”, concluye la valoración etiológica de este muchacho.

A los tres meses de su nacimiento le pusieron el primero de los preparados cuyo conservante contenía mercurio. Esto provocó una primera reacción adversa a la semana de habérsela puesto. Fueron trastornos intestinales y espasmos que acompañaron a Víctor a partir de entonces durante toda su vida. Hasta aproximadamente el añoy medio de vida, el niño se había desarrollado casi con total normalidad, si exceptuamos el incidente mencionado. Había recibido todas las vacunas recomendadas hasta esa edad. Justo a los 18 meses, fue cuando empezó a deteriorarse su salud y a los dos años Víctor no reaccionaba cuando sus padres le llamaban. Además, se había vuelto hiperactivo. Su desarrollo se había quedado parado. Las pocas palabras que decía habían desaparecido. “No sabíamos que las vacunas que le inyectaron contuvieran mercurio y menos aún que estas pudieran ser la causa de sus padecimientos. No volvimos a vacunarle, siguiendo lo recomendado por el médico que visitamos. Alrededor de los tres años empezaron  los diagnósticos y al cabo de varios meses los médicos concluyeron: Autismo infantil”, narra la madre del muchacho.

La mirada cristalina, nítida de Víctor no seguía los objetos. Ni siquiera cuando llegaban las fiestas de Reyes Magos mostraba interés por sus regalos. Su cerebro estaba en otros mundos que no compartía con quienes le rodeaban. Sobre los ocho añosel chico comenzó a volverse extremadamente agresivo y destructivo y eso provocó la reacción que le llevó a estar ingresado en la unidad de psiquiatría infantil del Hospital de San Juan de Dios de Barcelona. Allí sentiría la presión de su propia patología y la de la camisa de fuerza que le impedía responder a sus impulsos. Con sólo diez años de vida, Víctor se encontraba en un estado deplorable. No hablaba y era muy difícil la convivencia con él. Ni la fuerte medicación que le daban era  capaz de aplacarle. Lo peor, como recuerdan sus padres, fueron sus épocas de agresividad y autolesiones. Era capaz de arrancarse el cabello, morderse las manos hasta sangrar, cortarse con cristales que rompía y también atacaba a sus progenitores.

“Fue entonces –continúa Medina- cuando empezamos a conocer los tratamientos biológicos para el autismo y a los pocos días de quitarle laleche, el gluten  y los otros 52 alimentos a los que presentaba  intolerancia  el chico comenzó a mejorar día a día. A los tres meses de tratamientos había progresado tanto que fuimos eliminando los neurolépticos poco a poco. Esa calma que iba asentándose en nuestras vidas nos dejó tiempo para investigar. En el año 2001 tuvimos noticias de que las vacunas contenían mercurio y podía ser las culpables de muchos casos de autismo. Así fuimos encajando las piezas del puzzle de todo lo que le había ocurrido a Víctor”.

Sus padres le hicieron los análisis de metales que suelen realizarse a las personas que se sospecha que tienen una intoxicación crónica por metales pesados, a los que hemos tenido acceso. Fueron hechos por los laboratorios Great plains y en ellos, la línea horizontal del baremo correspondiente a los niveles de mercurio en la orina, avanza de izquierda a derecha de la página hasta toparse con el borde de la leyenda “Muy elevado”. “Probamos en otros laboratorios distintos –narra Ana- y  serepetía una y otra vez el mismo resultado. Por suerte, los tratamientos biológicos le habían estabilizado bastante y la agresividad había desaparecido casi del todo. Le hicimos quelaciones, tratamientos para las candidiasis y Víctor seguía mejorando. Empezó a comprender y a hablar más, aprendió a leer un poco y también a escribir. Desde hace diez años no hemos parado de avanzar aunque lentamente ya que la afección de mi hijo era notable cuando comprendimos el mal que padecía. Cuando tomamos las riendas de la salud de mi hijo todo empezó a cambiar. Víctor apenas enferma y está feliz”.

Ana Medina es una de las 70 personas o familias que han interpuesto una demanda contra el Ministerio de Sanidad español y los laboratorios fabricantes de vacunas con el conservante de mercurio Timerosal ante la Audiencia Nacional, que ha sido admitida a trámite y que el alto tribunal está juzgando.

Texto basado en el libro La salud que viene. Nuevas enfermedades y el marketing del miedo (Península, 2009) de Miguel Jara.